“Pienso* para humanos” (*del verbo pensar). Parte 2. 

¿Y el ser humano?

Aquí la cosa se complica un poco. Mientras que el hábitat de los delfines y con él su acceso a uno u otro tipo de comida ha ido cambiando progresivamente y esto nos permite llegar a conclusiones más o menos fáciles y con mucha pinta de ser acertadas, en el caso de los humanos la cosa no ha sido así y, considerando al género homo desde hace 2,4 millones de años, observamos cómo a partir de la agricultura y la ganadería, hace 8.000 años, se ha modificado radicalmente nuestra forma de alimentación pasando de ser cazadores-recolectores a basar nuestra alimentación en productos agrícolas a base de semillas y productos derivados de la domesticación de los animales, como los lácteos.

Y haz la cuenta. 8.000 años parecen muchos, pero son un suspiro evolutivamente hablando si los comparamos con los 2.400.000 años. 3 cifras más… nada menos. Un 0,33%.

Y, desde hace muchísimo menos tiempo, apenas unas decenas de años, hemos cambiado aún más nuestra alimentación incorporando alimentos cada vez más nuevos y más procesados. Piensa por ejemplo en la leche, un alimento que podríamos considerar como muy moderno puesto que prácticamente la única forma de conseguirla es mediante la domesticación de un mamífero, más reciente aún la de vaca que la de cabras u ovejas, animales que domesticamos antes. Y no hemos dejado de procesarla pasando de leche cruda a leche hervida para posteriormente pasteurizarla y finalmente homogeneizarla o uperizarla. He incluso añadiéndole vitaminas o minerales de procedencias varias o quitándole la lactosa para intentar mejorar su digestibilidad. De modo que, cuando tomamos leche UHT, estamos tomando un alimento que únicamente conocemos desde hace muy pocos años, que se parece a la leche, pero con unas propiedades físicas y químicas distintas derivadas de su procesamiento industrial. Modificaciones necesarias para su comercialización, su adaptación a las necesidades de los consumidores, e incluso para su salubridad. Pero modificaciones al fin y al cabo que convierten un producto moderno evolutivamente hablando en algo novísimo.

Y estos alimentos procesados, lejos de constituir pequeños grupos dentro de nuestra alimentación, suponen hoy el grueso de la alimentación moderna. Piensa por ejemplo en tres de estos alimentos básicos: leche, trigo y azúcar. E imagínate que los suprimes de tu vida. ¿Qué dices que vas a desayunar mañana? Sin lácteos, sin tostadas, sin cereales de desayuno, sin mermeladas, sin polvos azucarados con sabor a chocolate, sin leche y/o azúcar en el café, sin galletas, sin bollería… Amplifica esto al resto del día y verás cómo, en mayor o menor medida, todos los días e incluso en todas las comidas, están más que presentes.

Y si tienes en cuenta la cantidad de presentaciones posibles para, por ejemplo, el trigo, en forma de panes, galletas, espesantes, cremas, bollerías… verás que convierten tu dieta en muy poco variada. Aparentemente sí, pero sólo se trata de lo mismo con otra apariencia.

Así que podemos hablar de dos cambios radicales en la forma de comer del ser humano en los últimos años. La aparición de la agricultura y la ganadería por una parte, y la revolución de la industria alimentaria por otra.

La aparición de la agricultura y la ganadería. 

El primer cambio generó el parcelamiento de la historia de la humanidad en Paleolítico y Neolítico, con la aparición de la agricultura y la ganadería. Hasta entonces el consumo de ciertos alimentos vegetales como los cereales, incluso las legumbres, estaba muy limitado: sencillamente porque recolectar trigo silvestre resulta muy poco práctico. Otras semillas como las nueces, las avellanas o las almendras resultan mucho más prácticas al haber una mayor cantidad alrededor de un mismo foco, el árbol. Simplemente hay que ir en temporada y dedicarse a recoger.

Ahora bien, que resultara muy poco práctico recolectar cereales y legumbres depende fundamentalmente de la necesidad. Me explico. Si observamos las distintas culturas gastronómicas podemos observar cómo en algunas zonas del mundo se comen, por ejemplo, insectos y en otras no. Los motivos radican en su utilidad dentro del espectro global de una dieta. La ausencia de alimento de origen animal procedente de especies medianas o grandes favorece la búsqueda en especies más pequeñas que, aun pudiendo suponer un mayor costo de tiempo, compensan el esfuerzo en términos energéticos. Un alimento será tanto más usado cuanto mayor sea el ratio costo/beneficio. Por ese motivo resulta más práctico orientar la caza hacia animales lo más grandes posible, abundantes y a su vez fáciles de capturar.

Luego el uso de cereales y legumbres en la alimentación previo a la agricultura estaría determinado por ese ratio costo/beneficio, siendo diferente para cada una de los distintos tipos de granos, zonas geográficas, épocas del año y momentos históricos.

De modo que podemos considerar que el consumo de cereales e incluso legumbres era puntual. De ningún modo inexistente, puesto que de algún sitio salió la agricultura, pero ni de lejos tan extendido como actualmente donde constituye el grupo de mayor consumo.

La revolución de la industria alimentaria. 

El segundo cambio radical en nuestra alimentación lo supuso el procesamiento de la materia prima. No tenemos nada más que entrar en cualquier supermercado para observar cómo la inmensa mayor parte de los alimentos que se exponen están procesados de un modo u otro. Latas, botes, bricks, bolsas, paquetes… por un lado, en los que se acumulan los conservantes, saborizantes, espesantes, aromatizantes… Y productos procesados “ocultos” como la carne, los huevos, los peces de piscifactoría… e incluso las frutas y verduras por estar éstos dentro de sistemas de producción complejos y distintos a los que nos encontraríamos en la naturaleza. Sencillamente, será difícil encontrar algún producto que no haya sido procesado de algún modo. Podríamos aceptar el pescado de pesca extractiva (sin contar con los productos químicos añadidos al hielo, lo que genera reacciones en algunas personas a cualquier producto de pescadería, salvaje o cultivado), y algunos productos de la sección de frutas y verduras (obviando pesticidas, tratamientos para la tierra). Pero si nos ponemos estrictos, ninguno ha venido de la naturaleza al supermercado sin haber sido intervenido en alguna de sus fases por el ser humano desvirtuando la calidad final mediante procedimientos físicos o químicos. Aunque fuese en aras de su conservación.

Los motivos son sencillos: la industria alimentaria es un negocio y, como todos los negocios, busca el beneficio, siendo éste mucho mayor cuanto más veces se modifica un producto, saliendo más rentable un sándwich envasado que la suma de todas sus partes vendidas por separado y en su estado natural. Y, por otra parte, los consumidores demandamos cada vez más unos alimentos siempre con buen aspecto, disponibles en todas las épocas del año, baratos, rápidos y fáciles de cocinar, de sabores tenues aptos para todos los paladares y que carezcan en algunos casos de su aspecto original como en algunos productos cárnicos por ejemplo, en los que puede no resultarnos agradable ver un pollo entero y cómo éste es despiezado.

Y estos cambios, agricultura y procesamiento, han generado en muy pocas generaciones y sobre todo en los últimos años, un cambio en el producto final que consumimos y en nuestra relación con dicho producto y su origen, la cocina, la comida en sí y todo el universo que rodea al acto de comer. De modo que cada vez tendemos más a consumir productos cuyo origen para nosotros se remonta únicamente al supermercado, con pasos por la cocina mínimos, resultados, gastronómicamente hablando, sólo aceptables gracias al glutamato sódico y a los texturizantes, y que tendemos a engullir cada vez más solos si no fuera por la compañía de la televisión, el iPad o la radio de nuestro coche.

Y tal vez no sea muy inteligente renunciar de semejante manera a uno de los dos impulsos fundamentales de nuestra naturaleza más animal y a la vez más primaria. Supervivencia y reproducción. Comer y no ser comido, y sexo.

Y entonces… ¿Qué hacemos?

Pues, sencillamente, aceptar y disfrutar nuestra naturaleza animal. Y entender que cuanto más estemos en consonancia con ella, mayor va a ser nuestro estado de salud. O, si quieres verlo desde otro punto de vista, limitar nuestro nivel de experimentación con nosotros mismos.

Y al hablar de salud, no me refiero a la simple ausencia de enfermedades, si no a un concepto amplio de salud en el que englobaríamos un desarrollo óptimo de nuestras habilidades físicas, emocionales y sociales, yendo desde el principio, nuestra naturaleza animal, hasta el final, el desarrollo de nuestras inquietudes. Entendiendo que ambas se complementan y potencian.

No se trata de buscar extremos sino de salir del extremo en el que probablemente ya estamos para acercarnos un poco más a nuestra propia naturaleza, sin necesidad por ello de renunciar a las muchas ventajas del mundo actual, sopesando cuál es nuestra situación real y cómo podemos mejorarla. Sin locuras, pero entendiendo que todo lo que sea sacar a nuestros delfines del agua clorada y de su dieta a base de pollo redundará en su salud.

-Vale… muy bien… pero seamos prácticos. ¿Qué hacemos?-

Nuestro gran reto actualmente consiste en mantener los logros de la civilización respetando nuestros orígenes. Y, por desgracia, es algo más complicado que construir bibliotecas dentro de los bosques.

………

(El próximo viernes más!!!!!)

Mientras… comparte!!!!!!

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6 comentarios en ““Pienso* para humanos” (*del verbo pensar). Parte 2. 

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