Parte 4. “Pienso* para humanos” (del verbo pensar). 

(Te pongo en antecedentes. Decíamos que debíamos pensar en nosotros mismos como pertenecientes a una especie -humana-, como individuos de una comunidad y como individuos únicos. Bien. Pues ahí van las dos últimas)
Como individuo de una comunidad determinada. 
Sí. Eres un humano. Pero no todos los humanos son iguales. Para empezar, no todas las comunidades de humanos viven igual, comen lo mismo, hacen la misma cantidad de ejercicio, se relacionan entre sí y con el medio de la misma manera… Y, por lo tanto, generan adaptaciones o, sencillamente, caminos evolutivos dispares.

Porque, de una u otra forma, tu realidad actual está marcada por todos tus predecesores, de modo que adaptaciones recientes, evolutivamente hablando, en tu árbol genealógico pueden despertar esa facilidad adaptativa en ti.

Si provienes de una comunidad históricamente consumidora de aceite de oliva, será más probable que su consumo sea beneficioso para ti, al menos si no te excedes en las cantidades. Sin embargo añadir a tu dieta grandes cantidades de soja (por citar dos cultivos separados geográficamente) puede generar resultados impredecibles. Y al contrario.

La cultura gastronómica y la relacionada con la gastronomía son posteriores a las necesidades humanas. Si en tu ambiente el único producto animal son los gusanos, comerás gusanos y tu cultura abrazará tal práctica ydesarrollará un conjunto de mecanismos que favorezcan hábitos conocidos empíricamente como saludables y con resultados evolutivos favorables, que perpetúen su uso.

Reproducir tales prácticas será mucho más seguro que variarlas. Es más, analizar el contexto y ritual de procesamiento de un producto dentro de una dieta, acostumbra a ofrecer muchas pistas sobre cuáles son los inconvenientes de algunos alimentos y cómo paliarlos. Por poner dos ejemplos: limitan la cantidad de antinutrientes y resultan por lo tanto más digeribles costumbres como poner a remojo ciertas legumbres o consumir productos fermentados de la soja como el tofu, costumbres éstas arraigadas a las culturas en las que se consumen ambos.

Podríamos concluir que la pertenencia a una comunidad genera una mayor adaptación a los productos históricamente consumidos por ésta, procesados del mismo modo y englobados dentro del resto de aspectos gastronómicos y de modo de vida de la comunidad, aunque éstos no hayan generado ningún cambio genético… o tal vez sí.

Considera tu cuerpo como una máquina adaptativa capaz de optimizar situaciones complejas y novedosas y salir airoso de casi todas ellas. Lo que no implica que con algunas se sienta mucho más cómodo y sea capaz de expresar todo su potencial. Si quieres, podemos volver al ejemplo anterior de la “adaptación” al tabaco. No es lo mismo adaptarse que aprender a encajar el golpe.
Como individuo.
Sencillamente tú eres tú. Eres un ser humano. Sí. Pero distinto a todos. Perteneciente a una comunidad. Sí. Pero muy distinto al resto de sus integrantes.

Mil situaciones han generado un marcaje en tu vida que tiene efectos en tu salud. Desde las situaciones obvias como las enfermedades y sus posibles secuelas, hasta circunstancias como el parto, la lactancia, el afecto recibido, la ciudad en la que vives, tu relación con el entorno, las experiencias con alérgenos, el contacto con químicos, plantas, alimentos… Todas ellas situaciones que se alejan de la forma lineal y sencilla en la que podríamos entender la evolución humana de modo superficial y cómo ésta influye en nosotros.

Y tu cuerpo, independientemente de la especie o de la comunidad a la que pertenezcas, e incluso de forma ajena a tu familia más cercana, genera adaptaciones en función de las distintas necesidades. Tu alimentación, tu ejercicio físico, tu día a día en general, hace que tu organismo module sus capacidades en una u otra dirección de formas que aun hoy estamos descubriendo. Pongamos un ejemplo sencillo conocido por todos: el alcohol. Desde hace millones de años somos capaces de digerirlo, en particular, desde que nuestros ancestros bajaron de los árboles y no sólo tenían a su alcance la fruta recogida directamente de la rama sino las que ya habían caído y comenzaban a fermentar en el suelo. Digerir el alcohol supuso una ventaja evolutiva para aquellos individuos, capacidad que hemos perfeccionado con el desarrollo de las bebidas alcohólicas, muy interesantes cuando uno no puede fiarse mucho del agua a la hora de ingerir algún líquido por temor a una diarrea mortal, porque, aunque la situación global es diferente, sólo has de fijarte en las cifras actuales de mortalidad infantil por ausencia de agua potable.

Tienes esa capacidad para digerir, o eliminar, según se vea, un producto que en apariencia es tóxico. Y digo en apariencia, porque no descartes que lo que en cierto momento haya sido considerado como tóxico, nuestro organismo comience a sacarle partido de modo que las ventajas puedan llegar a ser mayores que los inconvenientes. Pero esa capacidad genéticamente determinada, ha de ser desarrollada a base de persistentes contactos entre el alcohol o cualquier otra sustancia y tu organismo. Contactos que aunque a la larga pudieran llegar a generar ciertas ventajas, de forma global no parecen muy sanas. E incluso en un futuro, todo dependería de las cantidades de tóxico, de la calidad del tóxico… en fin, que parece más inteligente, hoy por hoy, no avanzar en esas vías si lo que uno busca es salud.

Y ocurre lo mismo con otros alimentos que, si bien podemos llegar a digerir, suponen un daño añadido.

Por eso, si bien ceñirte a una alimentación evolutivamente antigua, coherente con la que ha sido la alimentación de tus ancestros, adaptada al lugar en el que vives, buscando productos de la mayor calidad posible y libre de procesamientos será un punto de partida más que interesante, existen muchos condicionantes externos que pueden modificar esta condición inicial e ideal y has de adaptarla a éstos. De igual modo podríamos hablar de las cantidades, la cantidad de veces que comemos al día, el agua…

Este libro pretende ponértelo fácil a la hora de cambiar muchas facetas de tu vida realizándolo en torno a la comida, pero has de ser tú quien analice la situación contando con el resto de elementos de tu día a día, tus hábitos, tus gustos o tus necesidades.

Así que ya ves, pretendíamos ser prácticos y, de momento, nada de nada. Bueno, tal vez un poco más que al principio, pero poca cosa.

Sería genial proponer dos columnas, la de los alimentos buenos y la de los malos, ¿verdad? Pero resulta que si pretendemos que el libro te sirva de algo, debemos huir de tales simplicidades y complicarnos un poquito más la vida.

Y no es tan sencillo como eliminar de la dieta todos los productos desde la revolución agrícola para acá y huir de los cereales, las legumbres, los lácteos, el azúcar, las margarinas, los aceites vegetales, los productos químicos en general… No porque no sea un buen punto de partida, que puede serlo, sino por las limitaciones que conlleva y lo difícil que puede ser aplicarlo por el cambio gastronómico, de elaboración de los platos o del modo de conseguir los alimentos.

Así que intentaremos nadar entre las aguas de lo antiguo y lo moderno sin ahogarnos dejándonos llevar por los cantos de sirena de ninguna de ellas. Pero dándonos cuenta de cuál es nuestra realidad actual, que puede estar muy modernizada o un poco anticuada… Corrijo: apabullantemente modernizada o estancada en otra época. Y es que el problema actual radica en que no nadamos entre dos aguas y, directamente, rozamos el fondo.

A ti te toca analizar tu propia situación para decidir cuán grande ha de ser el cambio de rumbo. Pero, viéndolo en su conjunto, el giro ha de ser al pasado considerando con qué recursos actuales merece la pena seguir.

Difícil. Pero si fuera fácil no sería divertido.
Ahí va mí primera propuesta. 
No sé de cuánto te habrás aclarado hasta aquí. Seguramente tendrás la cabeza llena de dudas sobre qué comer o qué no.

Hagámoslo fácil. Simplemente acuérdate de los delfines, el pollo y las sardinas, y analiza cuál es tu situación actual. Empieza por tu especie: humano. Ya está. ¡Ésta era la parte más difícil! Y ahora céntrate en tu cultura gastronómica y colócala en los tiempos de tus abuelos. ¿Qué comían? ¿Por qué eso, esas cantidades, cocinadas de esas formas, distribuidas de esas maneras a lo largo del día? ¿Y cómo se relacionaba su dieta con el resto de su estilo de vida: trabajo, ejercicio físico, nivel cultural-económico…?

Observarás que en su dieta no había mucho hueco para productos procesados salvo el azúcar, los aceites, bebidas alcohólicas, fermentados, ahumados, curados, salazones… Y que el grupo central de su alimentación estaba formado por alimentos puros: verduras, hortalizas, frutas, frutos secos, cereales, legumbres, carne, pescado, marisco, huevos, lácteos… Algunos de ellos tendrían ligeros procesados como la molienda del cereal y podríamos colocarlos en un grupo intermedio.

Pues bien, si te quedas ahí y vuelves a comer como ellos adaptando las cantidades a tu actividad física actual, ya has dado un paso de gigante.

Si crees que tu alimentación se parece mucho a la suya, replantéatelo otra vez, porque es posible que estés cometiendo algunos errores clásicos. A saber:

• Tus abuelos tomaban leche y tú tomas leche. Pues no. Tus abuelos tomaban leche, seguramente hervida, y tú tomas leche pasteurizada, homogeneizada o uperizada de modo más que probable.

• Tus abuelos tomaban pan y tú tomas pan. Pues tampoco. Las harinas actuales siguen unos procesos industriales mucho más complejos.

• Pongámonos un poco más escrupulosos: Tus abuelos tomaban frutas, verduras, hortalizas, carne, huevos…. en fin, el grueso de la alimentación, y tú también. Compara alimento a alimento y observarás que es más que probable que no puedas comparar los huevos que comían ellos con los que tú consigues en el supermercado. Y así con casi todo.
Bien. Pues entonces estamos perdidos. 

Bueno, no. Sólo que la situación exige un poquito más de celo y, sobre todo que seas consciente de las limitaciones de nuestra alimentación actual. Muy pocas cosas podrás decir que son iguales o muy parecidas a las que se comían tus abuelos. Y en esas estará la clave, el comienzo para que seas capaz de organizar el resto de tu alimentación.
Una mirada más allá de nuestros abuelos. 
Y el problema radica en que la alimentación de tus abuelos, si bien mucho mejor que la nuestra en cuanto a la calidad de sus productos por ser previa a la actual industrialización de nuestros alimentos, tampoco es que fuera fantástica en tanto que adolecía de los fracasos de la alimentación posterior al otro gran cambio, la aparición de la agricultura.

Por eso debemos echar la vista bastante más atrás.

Verduras, hortalizas, tubérculos, frutas, frutos secos, carne, pescado, marisco, huevos, miel, setas, agua… han estado presentes de modo más o menos constante y en cantidades importantes a lo largo de nuestra evolución. Pero no podemos decir lo mismo de las legumbres, cereales o lácteos, fundamentalmente en cuanto a la cantidad, puramente testimonial en muchos momentos. Y qué contarte del azúcar, las margarinas, los aceites vegetales, las bebidas alcohólicas o los productos químicos en general. Sencillamente no existían.

Sin embargo, no se trata de “esto sí y esto no”, al menos de modo tajante y para siempre. Pero el paradigma evolutivo puede serte muy útil tanto para mejorar tu salud como para usarlo como horma en la que encajar productos o hábitos.

Aquí va mi propuesta. La primera de mis propuestas, porque verás que más tarde te haré otra desde otro punto de vista, el de la calidad, y será teniendo en cuenta ambas como podrás llegar a conclusiones que realmente te sean útiles:

1. Quédate con el primer grupo, el de las verduras y demás ingredientes “antiguos”.

2. Asegúrate de la calidad de todos los productos de ese grupo, entendiendo como calidad la ausencia de procesamiento.

3. Huye de todo lo demás.
¿Radical? Sí, un poco. Creo que es la mejor opción en un inicio si lo que verdaderamente pretendes es un cambio en tu alimentación, motivo por el que tal vez estés leyendo este libro. De este modo partes de una base razonablemente buena que elimina muchos problemas y, sobre todo, partes de un criterio claro, un paradigma que te sirve para ir avanzando en la comprensión de tu propia realidad.

Podríamos empezar de otras muchas formas, con otros criterios, por ejemplo centrándonos sólo en los alimentos ecológicos……..

(El viernes siguiente más!!!!! Ya sabes, comparte. En todos lados. Todo lo que puedas. En eso consiste el 2.0. Ya ves que yo soy el primero en hacerlo!!!!)

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5 comentarios en “Parte 4. “Pienso* para humanos” (del verbo pensar). 

  1. Me ha encantado esta 4ª parte del libro, sobre todo, la comparación con nuestros abuelos. Está claro que donde vivimos, nunca ha habido aceite de coco o cocos, (tan de moda en el mundo paleo) abunda el aceite de oliva, aceitunas, etc… Está bien, que nos lo recuerdes…
    Comparto!!

    • Jajajajajaja.
      Pues podría haberla habido…. Pero sufrí del síndrome del puente y olvidé todo tipo de trabajo!!!!!!
      Gracias por estar ahí. Espero que te guste la siguiente entrega. Ahora ya, después del olvido, lo dejo para el próximo viernes por eso de seguir con el mismo día.
      Gracias!

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