Parte 5. “Pienso* para humanos” (*del verbo pensar).

Una mirada más allá de nuestros abuelos.

Y el problema radica en que la alimentación de tus abuelos, si bien mucho mejor que la nuestra en cuanto a la calidad de sus productos por ser previa a la actual industrialización de nuestros alimentos, tampoco es que fuera fantástica en tanto que adolecía de los fracasos de la alimentación posterior al otro gran cambio, la aparición de la agricultura.
Por eso debemos echar la vista bastante más atrás.
Verduras, hortalizas, tubérculos, frutas, frutos secos, carne, pescado, marisco, huevos, miel, setas, agua… han estado presentes de modo más o menos constante y en cantidades importantes a lo largo de nuestra evolución. Pero no podemos decir lo mismo de las legumbres, cereales o lácteos, fundamentalmente en cuanto a la cantidad, puramente testimonial en muchos momentos. Y qué contarte del azúcar, las margarinas, los aceites vegetales, las bebidas alcohólicas o los productos químicos en general. Sencillamente no existían.
Sin embargo, no se trata de “esto sí y esto no”, al menos de modo tajante y para siempre. Pero el paradigma evolutivo puede serte muy útil tanto para mejorar tu salud como para usarlo como horma en la que encajar productos o hábitos.
Aquí va mi propuesta. La primera de mis propuestas, porque verás que más tarde te haré otra desde otro punto de vista, el de la calidad, y será teniendo en cuenta ambas como podrás llegar a conclusiones que realmente te sean útiles:
1. Quédate con el primer grupo, el de las verduras y demás ingredientes “antiguos”.
2. Asegúrate de la calidad de todos los productos de ese grupo, entendiendo como calidad la ausencia de procesamiento.
3. Huye de todo lo demás.

¿Radical? Sí, un poco. Creo que es la mejor opción en un inicio si lo que verdaderamente pretendes es un cambio en tu alimentación, motivo por el que tal vez estés leyendo este libro. De este modo partes de una base razonablemente buena que elimina muchos problemas y, sobre todo, partes de un criterio claro, un paradigma que te sirve para ir avanzando en la comprensión de tu propia realidad.
Podríamos empezar de otras muchas formas, con otros criterios, por ejemplo centrándonos sólo en los alimentos ecológicos, en un sistema vegetariano o eliminando los alimentos que contuvieran un compuesto concreto. Pero el arquetipo evolucionista supone un punto de partida con sentido común, fácilmente entendible y exportable a tu realidad. Y aunque en mayor o menor medida, como cualquier parcelamiento que creemos, podamos presentarle dudas en algunos aspectos, éstas están más motivadas por nuestras lagunas en cuanto a la evolución y cómo ésta acontece que por la utilidad en sí de las premisas fundamentales: alimentos no procesados y a los que estemos adaptados.
Primero has de generar tu propio criterio. Y ésta no es tarea fácil, puesto que vivimos hiperinformados y todos nosotros somos capaces de repetir mantras relacionados con la alimentación y que hemos adquirido a través de los medios de comunicación, las campañas estatales informativas o de concienciación, internet o simplemente por el boca a boca. Y no todas ellas, por más que sean muy repetidas, son correctas.
Este libro pretende ayudarte a generar ese criterio. Por desgracia, no puedo asegurarte que todo lo que leas en él sea cierto o aplicable directamente en ti, pero sí constituye un paradigma a partir del cual seas tú quien genere juicio sobre tu alimentación y todo el universo que la rodea. Como ves, para ello nos servimos de una perspectiva muy amplia y consideramos al individuo como representante de una raza, de una cultura, y de unos hábitos, sirviéndonos de todo aquello que sabemos sobre nuestro pasado evolutivo para entendernos mejor y ser capaces de adaptarnos mejor al mundo actual.
Y, si bien podemos considerar que hasta cierto punto somos el reflejo de la expresión de nuestros genes, igualmente esta historia grabada en nosotros es susceptible de cambios individuales únicos que debemos tener en cuenta, siendo cada uno de nosotros por una parte humanos, pero por otra, individuos únicos. Y es tarea de cada uno de nosotros entender nuestra singularidad y adaptarnos a ella. Originalidad que se hace aún más manifiesta cuando nos relacionamos con nuestro entorno y elegimos cómo hacerlo, puesto que nuestros horarios, hábitos, tendencias, ideas…, hacen de nosotros seres aún más únicos.
Pero es esa adaptación al mundo actual la que nos obliga a tener en cuenta mucho más que todas esas ideas evolucionistas que sugieren cambios muy graduales. Constantemente aparecen investigaciones que indican que somos capaces de adaptarnos rapidísimamente a cambios en nuestro ambiente y que en apenas unas pocas generaciones somos capaces de generar mejores respuestas de acomodación a nuestro entorno. Incluso que a lo largo de nuestra vida somos capaces de reinventarnos si las condiciones ambientales lo exigen.
Ahora bien, es cierto que somos capaces de adaptarnos a muchas situaciones, pero cuando lo que buscamos es salud resulta mucho más útil prescindir de lo que anteriormente calificábamos como experimentos y buscar una alimentación lo más sana posible, entendiendo sana como adaptada a nuestra especie y libre de procesamientos industriales.

Y céntrate en la idea previa de “tu propia realidad”. Olvídate, no hay recetas milagrosas para todo el mundo. Pero sí hay una receta milagrosa para ti. ¿Cuál? Ni idea. Pero empieza así, cuestionándote tu alimentación (y tu vida) como si habláramos de los delfines del principio que vivían en piscinas de cloro. Porque esa es nuestra actual situación, exactamente igual de exagerada. A poco que te lo plantees observarás el nivel de contaminación del aire que respiramos, de las influencias electromagnéticas a las que nos sometemos, de los alimentos que tomamos, de las enormes cantidades de productos químicos que forman parte de nuestro agua aunque sea para hacerla potable… ¿sigo? En general, de lo lejos que estamos de nuestra propia naturaleza.
Pero tranquilo. Hay solución. Y la mejor forma de empezar que se me ocurre es empezando con la alimentación y colocándote en un estado de salud muchísimo mejor que el que disfrutas actualmente. Por eso la primera propuesta que te hago es orientar tu mundo gastronómico un poco hacia otro lado, con ingredientes que se mantendrán constantes (la mayor parte), otros que por hábitos no consumías habitualmente y ahora reincorporarás, y algunos de los que nos olvidaremos, al menos de momento.
Y el hecho de que no existan los protocolos perfectos radica en dos motivos fundamentales. El primero que cada uno de nosotros somos radicalmente diferentes. Si quieres, desde un punto de vista genético y epigenético. Aunque, eso sí, todos somos humanos y no peces loro, ¿verdad? Pero cada uno de nosotros hemos nacido en un entorno determinado, con una cultura específica, una disponibilidad de recursos determinada… Un montón de factores que determinan nuestra situación actual y que serían irreproducibles en cualquier otra persona.
Y, por otra parte, que no todos partimos de una situación de salud idéntica y perfecta ni mucho menos, puesto que actualmente mantienes hábitos que en poco tiempo podrás concluir que no te sientan muy bien. Y partirás de un sistema digestivo, por ejemplo, que se queja de muchas maneras: ardor de estómago, digestiones pesadas, estreñimiento, hinchazón abdominal, gases… Y podrás pensar que aquellos tiempos en los que todo te sentaba bien, que no tenías que cuidar en absoluto la cantidad de picante, de grasas o de alcohol para no tener problemas digestivos porque sencillamente tu sistema digestivo era una hormigonera capaz de digerir lo que fuera y en la cantidad que fuera sin sentir ninguna sintomatología, fueron tiempos pasados que disfrutaste en tu juventud pero que nunca volverán. Espero que no seas de los que se conforman con una salud mediocre que acepta sintomatologías que son habituales como normales. Plantéatelo así: ¿y si todos fuéramos enfermos de un enorme hospital? Nunca descubriríamos que existe la posibilidad de estar sanos…
Sal del hospital y descubre hasta dónde puede llegar tu estado de salud. Y no te conformes con poco. Cuentas con la ayuda de un sistema vivo fascinante capaz de encontrar equilibrios y adaptaciones increíbles a poco que le proporciones unos pocos mimbres. Y ese es tu trabajo. Ponérselo fácil y escucharle.

Segunda propuesta: Apuesta por la calidad.

Puntualicemos este punto que es tremendamente importante. Si recuerdas, cuando te hacía la primera de mis propuestas te hablaba de que eligieras el grupo de alimentos de las verduras, hortalizas, carnes, pescados… y que te fijaras en su calidad, entendiéndola como la ausencia de procesamientos. Desenmascaremos algunas de estas industrializaciones.
Vayamos con algunos ejemplos para entender mejor a qué me refiero cuando hablo de calidad. Empecemos con los productos de origen animal: la carne, el pescado, los huevos, los lácteos, la casquería… La clave no está en sus valores nutricionales sino en su naturaleza, considerando de mayor calidad los derivados de animales que cumplan dos premisas fundamentales: correr y comer lo que les dé la gana.
Estas dos reglas fundamentales no las poseen únicamente los animales salvajes, por ejemplo el pescado extractivo, sino también aquellos que, si bien forman parte de un sistema de producción, son alimentados de acuerdo con su propia naturaleza y viven en un hábitat similar al que les corresponde. Podríamos volver de nuevo al ejemplo de los delfines y las sardinas e igual que deseamos para nosotros un entorno acorde a nuestra historia genética, de igual modo debemos proporcionárselo a los animales de los que nos alimentamos.
Ahora bien, puntualicemos. ¿Qué come una vaca? Hierba. Pues esa debe ser su alimentación. No soja, ni cebada, ni piensos. Hierba. Simplemente.
¿Y qué come un pollo? Ésta ya es algo más difícil de contestar y podríamos pensar que el maíz puede ser una opción. La alimentación del pollo es básicamente hojas verdes y pequeños animales del huerto como caracoles, gusanos, culebras, insectos… Piensa en un pollo como si fuese una especie cinegética. ¿Qué come una perdiz? Pues eso, lo que se encuentra por el monte. Una dieta muy lejana a la que comen el 99% de los pollos actuales. Y qué decir del hábitat ideal para un pollo. Sencillamente, si algún día visitas una granja de pollos, se te quitarán las ganas de comértelos.
Ya ves, la situación se complica un poco en cuanto te paras a pensar ¿y qué me como yo ahora? La pescadería puede ser un buen refugio siempre que huyas del pescado de piscifactoría, y del mismo modo con los mariscos, algunos de los cuales son cultivados de modos intensivos como muchos tipos de gamba.
Pero no sucede lo mismo con los productos cárnicos que podríamos considerar prácticamente todos como de estabulación y cebo. Si bien existen diferencias entre ellos que debemos tener en cuenta eligiendo aquellos que hayan disfrutado de unas condiciones de vida más naturales, situación más habitual en la ternera que en el pollo, por ejemplo, en lo que parece ser una tendencia a procurarles una vida peor a las especies pequeñas y algo más digna a las más grandes. Por ejemplo nos parece más normal una granja de pollos hacinados que la misma situación entre terneras apelotonadas unas por otras.
Así que ya ves por dónde van los tiros de eso que llamamos calidad: productos que vivan de la forma más natural posible, como si la mano del hombre nunca hubiera pasado por ellos.
Y aquí los matices son muy importantes: “posible” y “como si”. Pretender alimentarse exclusivamente de productos absolutamente salvajes parece inviable desde todos los puntos de vista. Una lechuga que puedes plantar en tu propia terraza cumple un nivel suficiente como para ser considerada de calidad fantástica. Y una merluza que puedas encontrarte en la pescadería también. Apurar más en este sentido resultaría utópico para la mayor parte de la población. Aunque existan formas de las que luego hablaremos que nos permiten llegar a este ideal en algunos casos.
Calidad y variedad.

Entras en el supermercado y contemplas ante ti una variedad inmensa de productos. Situación que, si te pones a analizar, no es en absoluto así puesto que algunos productos como el trigo, los lácteos o las margarinas (aceites vegetales hidrogenados) se encuentran presentes en muchísimas presentaciones. Pero, de cualquier forma, una oferta espectacular. Montones de frutas y verduras, estemos o no en temporada de ellas, de cereales, legumbres, carnes, pescados… Mucha más variedad día a día de la que disfrutaban tus abuelos. Pero siempre la misma, con lo que en el cómputo anual seguramente ganaban éstos a poco que vivieran en una zona razonablemente buena para el cultivo y dispusieran de algo de variedad en productos de origen animal.
Pero, aunque pudiéramos tener todo el universo gastronómico a nuestros pies, su calidad deja bastante que desear y pocos productos podríamos decir que son semejantes a los de hace simplemente dos generaciones.
De cualquier modo, no es comparable en términos absolutos la variedad de productos de un supermercado con la despensa de la casa de tus abuelos. Por contrapartida no es comparable su calidad con la de ahora. Y es por ahí por donde podemos empezar a encontrar respuestas a la situación que vivimos actualmente, y soluciones.
Céntrate en la calidad. Incluso a expensas de elegir entre una menor cantidad de productos. Calidad por encima de variedad. Mejor 10 productos excelentes que 20 por haber añadido otros 10 que no lo sean.
Y verás que esta afirmación choca de frente con mantras que todos conocemos como el de “hay que comer de todo”. Maticémoslo: “hay que comer de todo… de todo lo que hay que comer”. Resulta una perogrullada, pero …….

(El próximo viernes más!!!!!

Ya sabes que te agradezco un montón que lo difundas y compartas todo lo que puedas. Así que, tanto como te haya gustado…compártelo!!!!!!!)

Anuncios

10 comentarios en “Parte 5. “Pienso* para humanos” (*del verbo pensar).

  1. Conseguir alimentos en los supermercados de hoy en día… difícil, casi utópico, pero no imposible, sobre todo si visitamos menos estos últimos y volvemos a mercados locales, la carnicería, la pescadería y las fruterías de la plaza del mercado, y si lo complementamos con un pequeño huerto urbano ya tenemos asegurada una alimentación muy superior en calidad al 90% de la gente que nos rodea. Pero claro, a cambio es necesario dedicar una cantidad nada despreciable de nuestro tiempo y de nuestro dinero, eso sí, inversión que sin ninguna duda habrá merecido la pena y de no hacerla, algún día nos lamentaremos.

    Un saludo Carlos!

    • Justo Iago.
      Pero… podemos permitirnos no atender a algo tan fundamental???? Nunca antes habíamos dedicado tan poco tiempo a nuestra alimentación. Eso sí, el Facebook que no quede sin mirar!!!!! (ironía)

  2. Pienso que en general se da más importancia a la comodidad a la hora de alimentarse que a la necesidad de alimentarse de forma saludable.
    Demasiada afición a los paquetes y envases. Una pena y un incremento del coste sanitario asegurado.

    • Tal cual José.
      Hay que reconocer que “los paquetes” acostumbran a estar buenos, sobre todo a poco que la cocina no sea el fuerte de uno…
      Por eso la clave está en afinar el sentido crítico y el sentido común. Y si eso lo aliñamos con cultura gastronómica…
      Saludo!!!!!

  3. Muy bueno este quinto capítulo, en linea ascendente sin duda, enhorabuena. Una duda: ayer comenté en el grupo paleo de FB algo que me ocurrió hace unos días, referente a una persona que me hablaba de las ventajas y bondades del pescado de piscifactoría, equiparándolo e incluso afirmándolo superior al salvaje por estar más controlado y demás. En fin, no le hice mucho caso pero me sorprendió su entusiasmo al defender ese tipo de pescado “de fábrica”.

    • Gracias javier!
      Sí, leí la pregunta y los comentarios…Mi sensación: aun queda mucho camino. Seguimos cayendo en los errores del pasado y valoramos de modo parcial los productos y haciéndolo del mismo modo que vemos cómo lo hace la industria de la alimentación (sin que esto de “la industria” suene a conspiranóico).
      Pero fíjate, es muy fácil caer en ello: podríamos hablar de antibióticos, de metales pesados por los mares en los que se crían, de desviaciones en las cantidades de omega 3 y 6…. Y nos enzarzaríamos en un debate sobre seguridad alimentaria, cifras y estudios.
      Salgamos de ahí. Valoremos los productos con un criterio claro y único. La calidad de cualquier producto vegetal o animal está en que su vida se haya desarrollado de modo absolutamente natural. Y las únicas variaciones que habría entre, por ejemplo, un pez de pesca extractiva y otro, justo en el momento de ser capturado, deberían ser las relativas a su estado de salud y la ausencia de enfermedades. Y ojo…. hablo de diferencias, no las valoro. Piensa que siempre nos hemos comido animales enfermos, más fáciles de capturar….
      Un saludo!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s