“Pienso* para humanos” (*del verbo pensar). Parte 9.

Estado de salud del que partimos.

Comentaba anteriormente la importancia de conocer el estado de salud del que partimos a la hora de emprender cualquier cambio en nuestra alimentación o en nuestra vida en general tan importante como el que te propongo. Y es que no es lo mismo partir de una situación idílica de salud y mientras no pasamos de la treintena, que cuando los avatares de la vida nos han golpeado en forma de enfermedad y nuestra situación es un poco compleja.
Y cuando hablo de “estado de salud” me refiero a dos aspectos distintos. Por una parte los referentes a cualquier patología claramente diagnosticada como diabetes, alguna enfermedad cardiovascular, patologías del tracto digestivo… En general cualquier patología que implique un cuidado añadido de la dieta.
Y por otra, esos pequeños problemas de salud a los que hemos dado la categoría de normales cuando en realidad lo único que son es habituales en una gran cantidad de la población como consecuencia de nuestra forma de vida actual. Problemas como la acidez de estómago, las digestiones pesadas, la necesidad de tener que controlar excesivamente lo que comemos para asegurarnos una correcta digestión, la distensión abdominal a medida que pasa el día o ya instaurada de manera constante, o el estreñimiento. Olvídate, lo normal deberían ser las digestiones perfectas incluso tras comidas copiosas, los tránsitos digestivos rápidos, la ausencia de malestares y la visita diaria y cómoda al cuarto de baño. Conformarse con menos es dar por supuesto que partimos de un estado de salud deficiente.
Si formas parte del primer grupo, el de las patologías diagnosticadas por las que debas cuidar algunos aspectos nutricionales, deberás consultar con tu médico la posibilidad de realizar algún cambio. Seguro que está encantado de tu nueva forma de comer, buscando productos de máxima calidad, eliminando productos procesados… Se me ocurren muy pocas patologías, y todas ellas tremendamente poco comunes, en las que un modelo dietético como el que te propongo no vaya a ser visto como una opción fantástica. Y recuerda que no se trata de “voy a quitar”, sino de “voy a sustituir”.
Pero ahondemos en ese segundo grupo, el de los problemas “normales”. Verás, un libro llega hasta donde llega y tus circunstancias particulares nadie las conoce como tú. Obsérvate, analízate y entiende que, por ejemplo, dista mucho de lo ideal el ir al baño cada dos días, por ejemplo. O el no cenar algún domingo tras una comida familiar porque aun intentas digerir todo lo que te has metido entre pecho y espalda. Pero, sobre todo, fíjate en qué cosas te sientan bien y cuáles no tanto. Fíjate en qué productos, en las cantidades, en los líquidos, en las preparaciones. Pero no te obsesiones y, si llegas a alguna conclusión, genial. Pero si no, tranquilo son situaciones complejas y muchas veces difíciles de entender. El objetivo final es que, sencillamente, no ocurran y te encuentres perfectamente, mucho mejor de lo que recuerdes.
Y para eso cuentas con el criterio evolutivo como marco guía sobre el que construir el tuyo propio, con la nueva forma de plantear tu alimentación fundamentalmente basada en conocer cuáles son los productos de máxima calidad que puedes lograr y basando en ellos tu día a día, y en este análisis propio de tu estado de salud y de tus necesidades. Éstas son las tres patas fundamentales del banco. En las dos primeras el libro espero te sea muy útil. La tercera depende de ti.
Pero, de cualquier modo, vete poco a poco adaptándote. Escucha los mensajes de tu cuerpo con sentido común y adáptate a sus propias necesidades. No existen reglas fijas y el mejor método para estos casos muchas veces es el ensayo-error. Ojo, salvo que tu situación, como decía, fuera un poquito delicada y necesitaras de algún tipo de ayuda por parte de un profesional. Incluso partiendo de una situación de salud, un Dietista Nutricionista podría serte muy útil para ayudarte en el cambio y algún otro profesional de la salud para poner al día algunos de esos problemas que decíamos “normales” por habituales.
Resumen hasta aquí.

¿Qué tal, cómo lo llevas? ¿Te vas aclarando?
Vamos a hacer un pequeño resumen para que lo tengas todo un poco más estructurado.
En este criterio que nos hemos ido organizando hay dos puntos clave que hemos repetido un montón de veces: alimentos antiguos y alimentos sin procesar. Y en función de estos dos parámetros hablamos de “calidad”.
¿Está bien la variedad? Sí, fantástica. Pero sólo si incluyes nuevos productos antiguos y sin procesar.
¿Y las cualidades nutricionales? Perfecto, pero igual que en el caso anterior, secundarias a la “calidad”.
¿Qué es mejor el pollo, la ternera, el cerdo…? Pues si sólo tienes pollo de calidad, sigue con el pollo. Y, por otra parte, búscate la manera de conseguir algún otro tipo de carne. Que empiezas a tener pollo y ternera, pues fantástico. Varía.
Es posible que tengas ahora la sensación de que son muchos los productos de los que hablamos como “enemigos públicos números uno”. Lácteos, cereales, azúcar, margarinas… o todos aquellos que no cumplan con los estándares de calidad que nos hemos marcado. Y podrás pensar que te quedas sin recursos en la cocina para conseguir hacerte algo rico para comer. Si ésta es la situación, el cambio va a ser fantástico para ti. Hay muchas cosas por mejorar.
Se trata de una ligera reorientación de los alimentos que comemos, como si giraras apenas 20 grados la vista hacia otro lado: habrá cosas que sigas viendo (la inmensa mayor parte), otras que dejarás de ver (lácteos, cereales… en fin, “todos esos”) y otras que incorporarás (seguramente ninguna desconocida pero sí poco consumida por el discurrir de tus hábitos).
Conspiraciones judeomasónicas y naranjas.

Ya ves, te propongo una forma de comer con algo de sentido común, sencillamente porque ahora es imprescindible que afines tu propio sentido común y tu propio criterio. Decantándose por los alimentos más clásicos, los que realmente forman parte de nuestro bagaje gastronómico-nutricional “de toda la vida”. Evitando alimentos procesados en cualquiera de sus formatos. Con preparaciones clásicas, sin grandes inventos. Y, ciertamente, obviando algunas de las recomendaciones, los mitos o las informaciones sobre nutrición existentes sobre lo que debemos o no debemos comer y que nos rodean constantemente. Algunas de esas informaciones bienintencionadas y otras no tanto. Unas acertadas y otras no. Con algún interés comercial o incluso político, o tal vez no. Sólo tenemos que mirar hacia atrás para observar cómo lo que antes era buenísimo e iba a solucionar todos nuestros males de repente se convierte en el peor de los venenos, y al revés. O, cuando menos, cómo han ido cambiando las recomendaciones nutricionales oficiales en cuanto a lo que deberíamos o no deberíamos comer y en qué cantidad. Sencillamente nadie está en posesión del secreto de nuestra salud. Pero nosotros sí somos responsables de ella.
Por eso la orientación de este libro. Acertada o equivocada y en qué manera… pues no lo sé. Pero sí independiente. No en tanto a mi opinión, que podría no serlo, aunque ya te cuento que, como se especifica en los artículos científicos (aunque este libro no pretenda tanto), no tengo ningún conflicto de intereses. Pero sí independiente en cuanto que pretende hacerte pensar para que seas tú quien tome sus propias decisiones sobre salud y alimentación en función de tu propio criterio. Yo organizo el mío como ves. Tal vez te convenza o tal vez no. Pero haz tú lo mismo. Piensa. Eso será lo que te hará partícipe de un proceso que posiblemente hasta ahora estaba controlado por las grandes marcas de alimentación o por las recomendaciones nutricionales oficiales, y modulado por los últimos anuncios de la televisión o por las novísimas campañas institucionales.
Y, no sé tú, pero yo prefiero depender algo más de mí mismo, de quien sí conozco mis intenciones.
Y tal vez consideres que sabes poco o nada sobre nutrición. Es posible. Pero no importa en absoluto. Sí que sabes sobre alimentos. Una manzana es una manzana. Una lechuga una lechuga. Y una sardina una sardina. No necesitas saber más. Cómete esas cosas y el nivel de experimentación al que someterás a tu cuerpo será mínimo sobre todo si lo comparas con cualquier alimento preparado.
Busca prioritariamente los alimentos puros y completos. Una naranja por ejemplo. Observarás que no acostumbran a tener etiquetas ni nada por el estilo, pero que de tenerlas no puede poner nada más que “naranjas”. Y fíjate en su aspecto, no hay duda, es una naranja.
Sigamos con la naranja y hagamos el ejemplo completo. Si encuentras trozos de naranja dentro de un envase, sospecha. Posiblemente tenga alguna etiqueta y podrás empezar a encontrar algún triste “experimento” en forma de aditivos. Sencillamente ya no es una naranja.
Podrás encontrar zumo de naranja. En cualquiera de sus formas, resulta evidente que no es una naranja. Un niño no tendría ninguna duda. Y en este caso seguro que encuentras alguna etiqueta por la que conocerás su fabricación. Podrás encontrar frases como “directamente de naranjas exprimidas” o “a base de zumos concentrados”. Es fácil. No hay duda de que el segundo está más procesado.
El siguiente paso ya empieza a ser algo exagerado. Pongamos una bebida a base de naranja. Bueno… aquí ya sólo tendrás que fijarte en el porcentaje de naranja en la mezcla y observar el resto de los ingredientes que, sencillamente , no te podrán sonar a nada comestible.
Llegados a este punto resulta evidente la opción preferente. Una naranja será siempre una naranja.
Ahora bien. Remontémonos al origen de la naranja, su forma de producción, su recogida, conservación y presentación hasta que llega a nosotros. Aquí la cosa se complica algo más y será difícil saber, salvo en los cultivos ecológicos o regulados de alguna otra forma, los abonos utilizados, el punto de maduración al ser recolectada o el tiempo que dicha naranja ha estado en letargo esperando a ser madurada para la venta. Para salvar algunos de estos inconvenientes, a parte de la opción señalada de optar por los cultivos ecológicos, la mejor elección será la fruta de temporada, momento en el que será más fácil que toda la cadena de producción se limite a unos pocos pasos y que esa naranja tarde menos tiempo desde que es recogida hasta que la tenemos a nuestra disposición.
¿He dicho “la mejor opción”? No. La mejor opción es plantar el árbol y recoger tú mismo la naranja.
Pero no adelantemos acontecimientos y vayamos paso a paso en nuestra nueva reorganización de la despensa.

Hacia un concepto de alimentación más amplio. Mucho más amplio.
Fíjate. Tú decides.
Puedes sentarte en tu restaurante habitual a pedir el mismo menú de siempre mientras piensas en cualquier otra cosa distinta a lo que te estás comiendo, situación en la que apenas decides qué te comes, careces del más mínimo control sobre el origen o procesamiento de los alimentos y en absoluto te percatas de su ingestión. Simplemente engulles.
O puedes hacerte responsable desde el principio de toda la cadena. Produciendo u obteniendo tú tus propios alimentos, cocinándolos, disfrutándolos y compartiéndolos. Por ejemplo teniendo un huerto en tu terraza, recogiendo los tomates, cocinándolos para unos amigos a los que has invitado a degustarlos y sintiéndote orgulloso de la diferencia entre tus maravillosos tomates recién cogidos y los del supermercado.
La experiencia no es ni parecida. Pasamos de no tener el control de nada y ni siquiera una experiencia en sí, simplemente alimentación en su sentido más reducido, a ser gestor único o fundamental de toda una experiencia gastronómica que empieza con las semillas y acaba con una degustación en toda regla en una situación social que gira en torno a una mesa.
Aquí radica el verdadero cambio que te propongo. Convertir tu alimentación en un acto consciente, que exige atención y algo de tiempo, y con la capacidad para moldear saludablemente muchas otras facetas de tu vida tangenciales a la comida en sí mismas o que tú puedas hacer que sean compatibles, e incluso se retroalimenten unas a otras. Hablo por ejemplo del nivel de actividad física del que disfrutas, de tu relación con el entorno en el que vives, de tus relaciones interpersonales…
Ahora bien, todo esto requiere tiempo, esfuerzo y, en algunos casos, puede que algo de dinero. Tú marcas tus prioridades, en qué empleas tu tiempo libre y de qué experiencias disfrutas en tu vida. Y cada uno determina su nivel de implicación en el proceso. Tener un huerto en casa, por ejemplo, puede suponer dos horas a la semana de entretenimiento, una pequeña inversión inicial con un ahorro posterior muy importante, y un montón de satisfacciones culinarias. Proceso del que puedes hacerte cargo absolutamente desde el momento de la recogida de las semillas para el año siguiente, la fabricación del compost, el control de las plagas por medio de otras plantas… O reducir algo más ese control comprando las semillas, el abono, algún producto para plagas… Digamos que un poco más de tiempo y esfuerzo para ganar más control, divertimento y satisfacción. Has de encontrar tu equilibrio contando con tu tiempo, tus conocimientos o tus gustos.
Pero has de ser consciente de que nunca antes en la historia de la humanidad habíamos dedicado tan poco tiempo y dinero a nuestra alimentación. Aunque tampoco se trata únicamente de echarle horas y recursos. Con un poco de organización optimizaremos ambos pudiendo ser realmente eficientes. Esperemos que el libro te sirva en este sentido.
Como ves, la clave radica en el mayor o menor control que posees sobre todo lo relacionado con la alimentación y la implicación que deseas asumir en todo el proceso. Pero éste es un tema demasiado importante como para que delegues en personas o entidades ajenas a ti. Y menos aún que lo delegues todo.
Y eso es lo fundamental en este intento por asegurarnos un mayor control sobre el proceso gastronómico y que debe estar presente en todas nuestras elecciones diarias y en la forma en la que comencemos a organizar nuestra relación con la comida a partir de ahora.
Plantéate la siguiente pregunta: ¿Qué parte de tu alimentación controlas personalmente y cuales delegas en otras personas?
Fíjate. Cuando acudes a la pescadería, la frutería, la carnicería… puedes asumir distintos roles. Si eres un experimentado comprador, tal vez puedas prescindir de los consejos de tu tendero y decidir por ti mismo entre un producto u otro. O tal vez prefieras acotarle las posibilidades y que sea él quien elija entre ellas. O bien dejar la elección del menú directamente en sus manos y que sea él quien elija basándose en la calidad y frescura de sus productos.
Pero, de cualquier manera, dependes de él. Siempre puedes cambiar de tienda, pero siempre acabarás generando una relación de confianza con alguien.
Del mismo modo cuando lo que haces es elegir entre los distintos productos de las estanterías de un supermercado. Aquí el asunto se torna un poquito más delicado puesto que ya no es una persona concreta sino una empresa con su marca en quien depositas tu confianza. Y esto empieza a ser un poquito más peliagudo y arriesgado.
Para ello has de hacer un análisis global de los productos que puedes conseguir, empezando por el supermercado, siguiendo por el pequeño comercio, los mercados, los grupos de distribución de alimentos, las amistades o los alimentos que puedes procurarte tú mismo.
Has de buscar nuevas formas de aprovisionamiento más allá del supermercado. Pero empieza por éste y analízalo zona a zona investigando cuáles son los productos que destacan por su calidad y que, por lo tanto, podrían servirte en este nuevo cambio de orientación, al menos inicialmente. Te lo pongo fácil: no busques en la sección de pastelería y dulces. Pero seguramente la pescadería será un lugar óptimo para conseguir peces y mariscos de pesca extractiva y no de piscifactoría. Incluso la frutería te dará la oportunidad de conseguir productos de bastante calidad a poco que conozcas o preguntes cuáles son las frutas, verduras y hortalizas de temporada con lo que evitarás pasos más largos por cámaras de conservación y productos madurados en condiciones más ideales.
Siempre vamos a poder ponerle pegas a todos esos productos, pero se acercan bastante al ideal de tu abuela y te conquistarán por ser una forma práctica y cómoda de comprar, muy parecida a la que realizabas antes. Al fin y al cabo, se trata inicialmente de seguir pasando por el supermercado de toda la vida.
De cualquier forma, no renuncies a aumentar la calidad y plantéate un pequeño huerto urbano, algunas excursiones a zonas agrícolas u otras formas de conseguir alimentos de calidad que luego propondré.

(….y ya sabes…si te gusta, comparte!!!!)

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